Antes de seguir leyendo, que conste en acta que mi intención aquí es meramente la de compartir este pasaje de Nietzsche, del cual me interesa lo que comenta sobre el budismo, y no la comparación que hace con el cristianismo. Que conste también que ni comparto su crítica al cristianismo, religión me merece tantísimo respeto como cualquier otra, ni que mi intención aquí es la de crear cualquier tipo de polémica al respecto.

Sacado de El Anticristo, §20:

Condenando al cristianismo, no quiero cometer una injusticia con una religión afín, que hasta cuenta con mayor número de fieles; me refiero al budismo. El cristianismo y el budismo están emparentados como religiones nihilistas, son religiones de la décadence; y sin embargo, están diferenciados entre sí del modo más singular. Por el hecho de que ahora sea posible compararlos, el crítico del cristianismo está profundamente agradecido a los eruditos indios. El budismo es cien veces más realista que el cristianismo; ha heredado el planteo objetivo y frío de los problemas, es posterior a un movimiento filosófico multisecular; al advenir él, ya estaba desechada la concepción de “Dios”. Es el budismo la única religión propiamente positivista en la historia, aun en su teoría del conocimiento (un estricto fenomenalismo); ya no proclama la “lucha contra el pecado” sino reconociendo plenamente los derechos de la realidad, la “lucha contra el sufrimiento”. Lo que lo distingue radicalmente del cristianismo es el hecho de que está con el autoengaño de los conceptos morales tras si, hallándose, según mi terminología, más allá del bien y del mal. Los dos hechos fisiológicos en que descansa y que tiene presentes son, primero, una irritabilidad excesiva, que se traduce en una sensibilidad refinada al dolor, y segundo, una hiperespiritualización, un desenvolvimiento excesivamente prolongado en medio de conceptos y procedimientos lógicos, proceso en que el instinto de la persona ha sufrido menoscabo en favor de lo “impersonal” (dos estados que algunos de mis lectores, por lo menos los “objetivos”, conocerán, como yo, por experiencia). Estas condiciones fisiológicas han dado origen a una depresión; contra la que procede Buda valiéndose de medidas higiénicas. Para combatirla receta la vida al aire libre, la existencia trashumante, una dieta frugal y seleccionada, la prevención contra todas las bebidas espirituosas, asimismo contra todos los afectos que “hacen mala sangre”; también una vida sin preocupaciones, ya por sí mismo o por otros. Exige representaciones que sosieguen o alegren, e inventa medios de ahuyentar las que no convienen. Entiende la bondad, la jovialidad, como factor que promueve la salud. Desecha la oración, lo mismo que el ascetismo; nada de imperativos categóricos, nada de obligaciones, ni aun dentro de la comunidad monástica (que puede abandonarse), pues todo esto serviría para aumentar esa irritabilidad excesiva. Por esto Buda se abstiene de predicar la lucha contra los que piensan de otra manera, su doctrina nada repudia tan categóricamente como el afán vindicativo, la antipatía, el resentimiento (“no es por la enemistad como se pone fin a la enemistad”, tal es el conmovedor estribillo del budismo…). Y con razón; precisamente estos afectos serían de todo punto perjudiciales con respecto al propósito dietético primordial. El cansancio mental con que se encuentra Buda y que se traduce en una “objetividad” excesiva (esto es, en un debilitamiento del interés individual, en pérdida de gravedad, de “egoísmo”) lo combate refiriendo aun los intereses más espirituales estrictamente a la persona. En la doctrina de Buda el egoísmo está estatuido como deber; el “cómo lo libras tú del sufrimiento” regula y limita toda la dieta mental (es permitido, acaso, trazar un paralelo con aquel ateniense que a su vez declaró la guerra al “espíritu científico” puro con Sócrates, que dio al egoísmo personal en el reino de los problemas igualmente categoría de moral).

– F. Nietzsche, El Anticristo, §20

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