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El Buda Curioso

Blog sobre budismo, meditación, y otros

Sobre el renacimiento y otros temas

Este artículo surge a colación del anterior, el curioso caso del monje que no moría, y de las preguntas que he recibido al respecto, en concreto sobre el porqué decide un monje budista auto-momificarse.

Antes de seguir, me gustaría dar las gracias a Francisco Javier Tostado, culpable indirecto de buena parte de todas esas preguntas y comentarios 🙂 Seguir leyendo “Sobre el renacimiento y otros temas”

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El curioso caso del monje que no moría

En el año 1927, a la edad de 75, el Lama Itigilov entró en un estado de meditación profunda y dejó de respirar. 47 años después, tras su segunda exhumación, el cuerpo apenas presentaba signos de descomposición. Sus seguidores lo tenían claro: el lama no había muerto, sino que se encontraba en un profundo estado de meditación. ¿Pero es esto posible? Seguir leyendo “El curioso caso del monje que no moría”

Abrid

Ama, ama y ensancha el alma.
Quisiera que mi voz fuera tan fuerte
que a veces retumbaran las montañas
y escuchárais las mentes social-adormecidas
las palabras de amor de mi garganta. Seguir leyendo “Abrid”

¿Qué supone para mí el budismo a día de hoy?

Si echo la vista atrás, caigo en que ha pasado ya más de un año que llevo metido “de lleno” en esto del budismo, leyendo y estudiando textos de las diferentes tradiciones, practicando meditación, participando en foros, leyendo a otros bloggers con intereses similares y demás… pero, ¿en qué ha cambiado mi vida desde entonces? ¿qué es para mí el budismo hoy en día?

Como ya he dicho en otras ocasiones, ni me adhiero a ninguna tradición budista en concreto ni soy ningún experto en la materia, por lo que todo lo aquí escrito es una mera reflexión personal de un practicante que ha leído y estudiado las enseñanzas de diversos maestros de diferentes tradiciones, principalmente al propio Buda, y de las cuales ha sacado sus propias conclusiones.

¿Qué es el budismo, para mí, hoy en día? 

Digo “hoy en día” porque al fin y al cabo esto es un continuo aprender, por lo que puede que mañana mi visión sea distinta.

Las enseñanza budistas abarcan un sin fin de temas, pero si tuviese que resumir el budismo en una frase, citaría uno de mis textos budistas de cabecera, el Adiestramiento de la mente en siete puntos, diciendo que toda enseñanza budista pretende la reducción del ego y del ensimismamiento, pues de la reducción del ego dependen el resto de enseñanzas budistas.

¿Qué es eso de la reducción del ego?

Si el ego se reduce o se elimina, se reduce o elimina también la diferencia entre el “yo” y el resto del mundo, entre lo que a ese “yo” le agrada y le disgusta. Y no habiendo diferencia entre el “yo” y el resto del mundo, crece la empatía y la compasión y, lógicamente, disminuye el egoísmo; no habiendo ya agrado o desagrado, no hay deseo ni aversión; y no habiendo ni deseo, ni aversión ni egoísmo, no hay sufrimiento, pues nada se desea ni nada se rechaza.

¿Cuál es la lógica de todo lo anterior?

No hay ningún “yo”, puesto que no hay ningún alma ni ningún otro fundamento que me defina como ser independiente de manera infinita. Este cuerpo tiene un origen y tendrá un cese, no había nada antes de él que existiese como “yo” ni lo habrá después. El “yo” es un producto mental, una mera ilusión. De nuestros sentidos y de lo que experimentan surge la conciencia, y de esta surge el “yo”. No hay separación real entre nuestro “yo” y el resto del mundo, y el ignorar tal característica es uno de nuestros principales problemas. (Leer Anatta, por Ajahn Brahmavamso).

Es decir, claro que existe un “yo”, pero de manera impermanente. En mi caso se llama Antonio Sánchez, tiene una cara y un cuerpo determinado, una determinada historia, una determinada conciencia del mundo, un determinado carácter, unos determinados gustos y aversiones, etc… Pero todo ese cúmulo de características considerado como “yo”, ese Antonio Sánchez, no existía antes de la conciencia o de la mente que hoy en día lo concibe, ni existirá tras el cese de ésta, e incluso mientras ésta existe, dicho “yo” cambia continuamente. Ese “yo” es fruto de dicha conciencia, de dicha mente, no habiendo nada en ninguna parte de este cuerpo, si lo redujera en tantas partes como fuese posible, que me defina permanentemente como algo independiente del resto del mundo. Tanto la ausencia de “yo” (Anatta, en lengua Pali) como la impermanencia (Anicca) son dos de las tres características de la realidad según el budismo.

Al estar apegados a la falsa ilusión de un “yo”, y al discriminar por tanto entre ese “yo” y el “resto del mundo”, distinguimos entre lo que a ese “yo” le gusta y lo que no, lo que le hace bien y lo que no, lo bueno y lo malo, los amigos y los enemigos. De la distinción surge el apego, la aversión y la indiferencia. Nos apegamos a aquello que nos agrada, a lo que queremos tener, a lo que queremos ser, a la propia idea del “yo”, a la vida misma… Este apego es la causa de nuestro sufrimiento (entendido en un sentido amplio como cualquier sensación mental de desagrado o de intranquilidad), pues sufrimos cuando queremos algo y no lo tenemos, cuando luchamos por conseguirlo, cuando ya lo tenemos por miedo a perderlo, cuando lo hemos perdido, sufrimos cuando tenemos lo que no queremos, etc… Ignoramos que cualquier cosa o estado mundano al que aspiremos sólo nos puede proporcionar, como mucho, una alegría o estado placentero efímero. Este sufrimiento (Dukkha, en lengua Pali) es la otra característica de la realidad según el budismo.

Y a partir de aquí, podría extenderme largamente. Habiendo comprendido estas tres características, Anata, Anicca y Dukkha, sólo se trata de ser plenamente consciente de ellas, constantemente, pues la mera sabiduría no basta, sino que hay que cultivar nuestra mente para que vea la realidad de tal forma. Y aquí es donde entra en juego la meditación, y por supuesto, el Noble Óctuple Sendero.

Todo esto está muy bien pero, ¿ha cambiado esto mi vida en algo?

Enormemente. Y sigue cambiando, cada día un poco más, de manera casi imperceptible. Por supuesto no siempre progresando, ya que a veces la duda o la inconstancia entran en juego viéndome obligado a retroceder.

Me bastan dos palabras para describir el cambio: tranquilidad mental. Claro que me queda ego, y mucho, que sigo siendo presa del apego por lo mundano y que sigo experimentando sufrimiento: la diferencia está en el cuánto. El simple hecho de ser consciente de la ausencia del “yo”, del sufrimiento y de su causa hace que te enfrentes a la vida de forma diferente. Es imposible medir cuánto ego, apego o sufrimiento he reducido, pero me basta con saber que se ha reducido, y la prueba de ello es, como digo, la estabilidad o tranquilidad mental. El miedo a la incertidumbre del futuro, el remordimiento por el pasado, la ansia por conseguir o por mantener algo, el intento de controlar cada aspecto de mi vida, etc.. todo este tipo de estados mentales de intranquilidad se han reducido enormemente, de manera que hoy en día observo cómo cosas que en otro tiempo me hubiesen causado angustia o estrés, las acepto o las dejo ir sin más, sin atisbo de intranquilidad o desagrado (o casi). Aunque todo esto ya lo expliqué de pasada en Ventajas de la meditación activa.

¿Pero estoy haciendo lo correcto?

Probablemente algunos piensen que estoy haciendo algo mal, que mi práctica no es la correcta o que he malinterpretado cualquier concepto. Ante tal cosa yo respondo con pragmatismo: a mí me funciona, y por lo tanto sigo por mi camino. Me funciona en tanto en cuanto me reporta un estado de paz mental como nunca antes había tenido.

Ya sé que abuso mucho de las citas, y para no perder la costumbre, me despido con una en relación a lo comentado de la paz mental, sacada del texto Notas desde mi cabaña de Monje:

La gente quiere poder y autoridad para que nadie los menosprecie, ni a ellos ni a sus familias. Pero los ricos tienen demasiadas preocupaciones, y los pobres demasiadas envidias. Si dependes otros en cualquier sentido, si no eres autosuficiente, entonces esos otros te poseen. Incluso cuando ayudas a un extraño, si sientes cualquier afinidad hacia tal persona, estás infringiendo la independencia de tu propio espíritu. Por una parte, es difícil mantener la independencia mientras se vive de acuerdo a las convenciones sociales, pero por la otra, si tales convenciones no se siguen, corres el riesgo de parecer un loco. Y no importa ni dónde viva ni lo que hagas, en este corto periodo de vida que te ha sido dado tu objetivo principal debería ser el alcanzar la paz mental, pero esto parece algo imposible para la mayoría de los humanos.

 

@ElBudaCurioso

En tercera persona

Y de pronto ya no estás ahí. Bueno, es verdad que tu cuerpo sigue ahí, ves y oyes lo mismo que antes, la gente se sigue dirigiendo a ti por tu nombre, hablan de ti y contigo, pero ahora experimentas todo esto de manera muy diferente. Eres un testigo de lo que pasa, un testigo curioso, que se divierte y hasta sorprende de lo que acontece. Seguir leyendo “En tercera persona”

Diario de práctica: atención al cuerpo (y II)

Continuación del segundo artículo perteneciente al diario de práctica del Satipatthana Sutta.

Prosigo describiendo los últimos dos entrenamientos de la contemplación al cuerpo. En la primera parte de este artículo puedes consultar los otros entrenamientos. Seguir leyendo “Diario de práctica: atención al cuerpo (y II)”

Pasajes: Nietzsche, sobre el budismo

Antes de seguir leyendo, que conste en acta que mi intención aquí es meramente la de compartir este pasaje de Nietzsche, del cual me interesa lo que comenta sobre el budismo, y no la comparación que hace con el cristianismo. Que conste también que ni comparto su crítica al cristianismo, religión me merece tantísimo respeto como cualquier otra, ni que mi intención aquí es la de crear cualquier tipo de polémica al respecto. Seguir leyendo “Pasajes: Nietzsche, sobre el budismo”

El mar y la ola

¡Un hombre al mar!

¡Qué importa! El buque no se detiene por esto. El viento sopla; la sombría nave tiene un derrotero trazado, que debe recorrer forzosamente. Y sigue adelante.

El hombre desparece, luego de unos instantes reaparece, se sumerge y sale de nuevo a la superficie, llama, grita, agita los brazos, no lo oyen. El buque, luchando contra el huracán, continúa sus maniobras; los marineros y los pasajeros no ven al hombre que acaba de desparecer bajo el agua; su miserable cabeza no es más que un punto imperceptible en la inmensidad de las olas.

Todavía lanza gritos desesperados desde las profundidades. Esa vela que se aleja y lo abandona le parece un espectro. La mira, la contempla frenéticamente. Pero la vela se aleja, se desdibuja y desaparece. Allí estaba él hacía un momento, era uno de los tripulantes, iba y venía sobre el puente con los demás, tenía su parte de respiración y de sol, era un ser viviente. Ahora, ¿qué ha sucedido? Resbaló, cayó. Todo ha terminado.

El naufrago se debate en la monstruosidad de las aguas. Bajo sus pies no hay más que el abismo que lo atrae. Las olas, rotas y rasgadas por el viento, lo rodean de una forma espantosa; los vaivenes del abismo lo zarandean; los harapos del agua se agitan alrededor de su cabeza; una turba de olas le escupe en el rostro; confusas hendiduras amenazan con devorarlo: cada vez que se hunde, entrevé precipicios llenos de oscuridad; horrendas y desconocidas vegetaciones lo sujetan, le amarran los pies, lo atraen; siente que se convierte en el abismo, que forma parte de la espuma, que las olas se le arrojan de una a otra, bebe la ola amarga, el océano traidor se encarniza con él para ahogarlo; la inmensidad juega con su agonía. Parece que toda aquella agua se hubiera convertido en odio.

Sin embargo, continúa luchando; trata de defenderse, intenta sostenerse, hace esfuerzos increíbles y logra nadar. El hombre, pobre fuerza agotada ya, lucha contra lo inagotable.

¿Dónde está el buque? Allá, muy lejos. Apenas visible en las pálidas tinieblas del horizonte.

Las ráfagas soplan; las espumas lo abruman. Levanta la mirada y no ve más que la palidez de las nubes. Asiste, en agonía, a la inmensa demencia del mar. Sufre el suplicio de la locura de las olas. Oye ruidos extraños, jamás oídos antes, que parecen venir de más allá de la tierra; de algún espantoso más allá.

Hay pájaros en las nubes, como hay ángeles por encima de las miserias humanas; ¿pero qué pueden hacer por él? Ellos vuelan, cantan, planean en los aires, y el apenas respira.

Se siente sepultado por esos dos infinitos, el océano y el cielo; uno es su tumba, el otro es su mortaja.

La noche avanza; ha estado nadando durante horas; sus fuerzas se agotan; aquel navío, aquella cosa lejana donde había hombre, se ha borrado. Se halla solo en el magnífico ámbito crepuscular, se sumerge, se eleva de nuevo, se retuerce, siente debajo de sí los vagos monstruos de lo invisible; y grita.

Ya no hay hombre. ¿Dónde está Dios?

Llama. ¡Alguien! ¡Alguien! Nadie responde. Llama sin cesar.

Silencio por todas partes. Nada en el horizonte. Nada en el cielo.

Implora al espacio, a las olas, a las algas, al escollo; todo ensordece. Suplica a la tempestad; la tempestad, imperturbable, no obedece más que al infinito.

A su alrededor, la oscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto borrascoso y sin conciencia, el repliegue indefinido de las aguas enfurecidas. Dentro de sí, el horror y la fatiga. Debajo de él, sólo el abismo. Imagina las aventuras tenebrosas de su cuerpo inerte en la sombra ilimitada. El frío sin fondo lo paraliza. Sus manos se crispan, se cierran, como apresando la nada. Vientos, nubarrones, torbellino, estrellas inútiles. ¿Qué hacer? El desesperado sucumbe; rendido de cansancio, se resigna a morir; se deja llevar, se abandona a su suerte, rueda para siempre y se precipita en las lúgubres profundidades del abismo.

¡Oh destino implacable de las sociedades humanas! ¡Pérdidas de hombres y de almas en el camino de la vida! ¡Océano en el que cae todo lo que la ley allí arroja! ¡Desaparición siniestra de todo auxilio! ¡Oh, muerte moral!

El mar es la inexorable noche social donde la penalidad arroja a sus condenados. El mar es la miseria inmensa.
El alma, lanzada en la corriente de este abismo, puede convertirse en un cadáver. ¿Quién la resucitará?

El mar y la ola, sacado de Los Miserables, de Victor Hugo

Comentario: 

Sustituye al barco por esta vida y la oportunidad de iluminación que nos ofrece, al mar por el Samsara y a su superficie por los diferentes renacimientos, y obtienes una bonita parábola del ciclo de existencias que el budismo nos describe…

… o no. Quizá sea sólo uno de mis desvaríos, que veo ya budismo por todas partes 🙂

@ElBudaCurioso

Los cinco textos más representativos del Canon Pali

El Canon Pali o Tipitaka es la colección de textos budistas originarios en donde se recogen, entre otros, los sermones atribuidos directamente a Buda y algunos de sus discípulos más directos. Dichas enseñanzas fueron trasmitidas oralmente durante cinco siglos, y se acabaron transcribiendo en lengua Pali organizándolas en tres canastas según su contenido (“Ti” = tres + “Pitaka” = canastas).

Aunque no se encuentra traducido por completo en ninguna lengua occidental, la mayor parte si que lo está en Inglés, contando con más de 12.000 páginas. Debido a que originariamente los textos fueron traducidos de manera oral, en los sermones abundan las repeticiones, tanto de partes del mismo sermón como de otros sermones, así como listas, ya que los monjes usaban tales repeticiones y listas como ayudas mnemotécnicas. Esta característica hace que leer el Canon Cali por completo pueda ser un poco “pesado”. De hecho, hay muchos sermones que son casi idénticos en su totalidad o en gran parte.

En el Canon Pali encontramos enseñanzas para todo tipo de personas y prácticamente sobre cualquier cosa. Buda impartía sus enseñanzas a todo aquél que lo pidiese, tanto a laicos como a monjes, sin importar su clase (de hecho Buda era un gran crítico de las castas), su sexo (fue el primero o de los primeros en permitir mujeres en la comunidad monástica) ni ninguna otra condición.

Yo no me he leído el Tipitaka por completo, pero si gran parte de él, por lo que he decidido hacer una lista con los cinco textos que, en mi opinión, son los más representativos, las más “básicos” digamos, lo que deberían ser leídos por aquellos que sientan cierto interés por el budismo. Que no te asuste su nombre en Pali 🙂

Todos los textos se encuentran alojados en Bosque Theravada, y aprovecho una vez más para dar las gracias tanto a los traductores como a los que hacen posible dicha excelente web de difusión del Budismo Theravada.

El primer sermón pronunciado por Buda tras su iluminación. En él se enseña de manera relativamente concisa lo más básico del budismo: las Cuatro Nobles verdades y el Noble Óctuple Sendero.

El mindfulness, tan en boga hoy en día, encuentra aquí su Biblia. Buda enseña en este sermón, uno de los más conocidos, cómo alcanzar la iluminación a través de la atención. Por cierto, si te interesa, yo estoy escribiendo un diario de práctica al respecto.

En este sermón se explican en profundidad dos de las conceptos claves del budismo: el no-yo y el origen dependiente. Muy útil para entender la vacuidad.

Colección de versos atribuidos a Buda, donde se refleja de manera general el grueso de sus enseñanzas. Por cierto, apuesto a que, sin saberlo, alguna vez has oído o leído alguno de estos versos.

En este discurso se muestra el pragmatismo de Buda, en el cual desecha la idea de identificarse con cualquier idea o filosofía que no conduzca al fin del sufrimiento.

Como digo, no están todos los que son, pero si una pequeña selección de los más representativos. Si crees que me he olvidado alguno o tienes alguna sugerencia, no dudes en usar los comentarios para hacérmelo saber.

Por cierto, si te interesa leer un poco más, te recomiendo que consigas el libro Majjhima Nikaya. Los Sermones Medios del Buddha, de Amadeo Selé-Leris y Abraham Vélez de Cea, en el que además de unas traducciones excelentes, encontrarás una introducción al budismo y comentarios a los sermones que te situarán en el contexto histórico en el que Buda los pronunció y te harán comprenderlos mucho mejor. Puedes encontrarlo en CasaDelLibro.com (Majjhima Nikaya) o en Google Play Books (Majjhima Nikaya).

@ElBudaCurioso

Diario de práctica: atención al cuerpo (I)

Segundo artículo perteneciente al diario de práctica del Satipatthana Sutta.

“De esta manera mora contemplando el cuerpo como cuerpo internamente, o mora contemplando el cuerpo como cuerpo externamente, o mora contemplando el cuerpo como cuerpo de ambas formas: interna y externamente. Mora contemplando la naturaleza del surgimiento en el cuerpo, o mora contemplando la naturaleza del cese en el cuerpo, o mora contemplando ambas cosas: la naturaleza del surgimiento y la naturaleza del cese en el cuerpo. O, estando consciente de que ‘he aquí el cuerpo’, simplemente se establece en él en la medida necesaria para un conocimiento descubierto y la atención consciente. Y mora con independencia, no apegado a nada en el mundo. Es así, monjes, cómo el monje mora contemplando el cuerpo como cuerpo”.

Tras practicar la contemplación del cuerpo mediante la respiración, he continuado enfocando mi atención hacia el cuerpo entero de la siguiente manera:

Para no repetir lo básico (postura, lugar y tiempo), te recomiendo que te leas el primer post (Diario de práctica: respiración) o los consejos sobre la meditación I (y II).

1. Atención general al cuerpo:

Sentado, con las piernas cruzadas y la espalda recta, he comenzado cada sesión de meditación con la práctica ya indicada de la respiración, hasta entrar en un estado de calma y concentración adecuado. Una vez que la mente estaba serena, me he quedado quieto, cómodamente sentado, intentando no iniciar ningún pensamiento ni dar continuidad a aquellos que la mente creaba de manera involuntaria o subconsciente, enfocando mi atención hacia el cuerpo.

¿Cómo se enfoca la atención hacia el cuerpo? Con los ojos cerrados o medio abiertos, dependiendo del día, he intentado ser plenamente consciente de la postura de mi cuerpo, de dónde se encontraba sentado, de las sensaciones que éste sentía, de cómo mi pecho se movía al respirar, de cómo mis pies se entumecían tras estar mucho tiempo sentado, de cómo el culo se me dormía o molestaba cuándo la superficie sobre la que me sentaba no era lo suficientemente cómoda… No sólo sentir todo esto, sino ser plenamente consciente de ello, es decir, concentrar toda la atención de que seas capaz en ello, sin caer en valoraciones, imaginaciones ni ningún otro pensamiento voluntario.

Si estaba lo suficientemente relajado y concentrado, llegaba a sentir una especie de cosquilleo bastante agradable y curioso en partes aleatorias del cuerpo, generalmente de la cabeza, así como el bombeo sanguíneo a las diferentes extremidades. Si el lugar en el que me encontraba era lo suficientemente silencioso, llegaba a sentir incluso el latir del corazón… o bueno, quizá no fuese el corazón, sino los conductos sanguíneos que pasan cerca del oído.

Sentado, sereno, plenamente consciente de que este es tu cuerpo y estas son sus sensaciones. Durante este momento, que es eterno, no existe nada más que la consciencia que posees de tu cuerpo, del espacio que ocupa y de lo que siente…

Me encanta este tipo de práctica. Además de increíblemente sencilla, algunos de los frutos que da son instantáneos: pocas veces había alcanzado tales estados de serenidad. Y la prueba es el tiempo: si las piernas no se me duermen antes, fácilmente sobrepaso la hora casi sin darme cuenta.

2. Atención activa al cuerpo:

Ya lo comenté en Las ventajas de la meditación activa, no todo meditar debe hacerse sentado. Buda nos lo dice así:

“Cuando el monje camina, entiende: ‘estoy caminando’; cuando está de pie, entiende: ‘estoy de pie’; cuando está sentado, entiende: ‘estoy sentado’; cuando se recuesta, entiende: ‘estoy recostado’; o entiende cualquier otra postura que asume su cuerpo. […]

Además, monjes, el monje es uno que actúa con discernimiento cuando camina hacia adelante y cuando retorna; que actúa con discernimiento cuando mira hacia adelante y cuando mira hacia otro lado; que actúa con discernimiento cuando recoge y cuando extiende sus miembros; que actúa con discernimiento cuando viste su hábito y cuando lleva su hábito exterior y el cuenco; que actúa con discernimiento cuando come, bebe, mastica y saborea; que actúa con discernimiento cuando camina, está de pie, cuando se sienta o se acuesta a dormir, cuando se despierta, cuando habla o cuando permanece en silencio”.

De modo que durante cualquier acto del día, desde que me levanto hasta que me acuesto, intento actuar con plena consciencia. Vale que no lo consigo por completo, pero lo intento.

No se trata de volverte medio autista enfocando la atención continuamente sólo a tu cuerpo olvidándote de todo lo demás, o de autonarrarte mentalmente cualquier cosa que haces. Esto, además de inútil y poco realizable en la vida cotidiana, no es lo que Buda decía. Simplemente, entiendo, se trata de prestarte un poco más de atención, no de perder la consciencia de lo ya dicho antes: que este es tu cuerpo y esto es lo que siente, que estoy realizando tal o tal tarea, y que mientras tanto estoy sintiendo tal o tal cosa…

 

La mente divaga libre la mayor parte del día, y eso es normal. Lleva toda la vida haciéndolo, y no va a cambiar de repente, pero poco a poco podemos ir entrenándola para canalizar la atención hacia donde queramos y alcanzar cierta serenidad. Mientras más practico, menos me cuesta dirigir la atención hacia donde yo quiero. Como dice Geshe Chekawa en El adistramiento de la mente en siete puntos, “si puedes practicar incluso cuando estás distraído, significa que estás bien entrenado”. Y si en algún momento no se puede, pues no se puede y punto, nos lo tomamos con humor, nos damos una pausa y proseguimos en otro momento.

¿Y cual es el objetivo de tanto autoobservarse? Según tengo entendido, el comprender de primera mano las tres características de la realidad que el budismo nos describe: falta de ser o esencia propia, transitoriedad y sufrimiento, aunque sobre esto ya escribiré en otro momento.

3. Repugnancia hacia el cuerpo:

La verdad es que mucho antes de haber leído el Satipatthana Sutta, ya había leído sobre este tipo de meditación de algún maestro tibetano (creo que a través de un libro del Dalai Lama), aunque no lo recuerdo bien. También lo había leído de manos de Stephen Batchelor, en su libro Confesión de un ateo budista, en el cual nos cuenta como los monjes tibetanos (él también lo era) le prescribieron tal tipo de meditación para calmar su deseo sexual.

No creo que haga falta mucho comentario acerca de este tipo de práctica, pues Buda lo deja bastante bien claro:

“Además, monjes, el monje revisa este mismo cuerpo desde la planta de los pies hacia arriba y desde la punta de la coronilla hacia abajo, envuelto en piel y lleno de diferentes clases de impurezas, de esta manera: ‘He aquí que en este cuerpo hay cabellos, vellos, uñas, dientes, piel, carne, tendones, huesos, médula ósea, riñones, corazón, hígado, membrana, bazo, pulmones, intestinos, mesenterio, comida no digerida, excremento, bilis, flema, pus, sangre, sudor, grasa, lágrimas, linfa, saliva, moco, sinovia y orín’. Al igual que un saco de provisiones con la abertura en ambos extremos, lleno de diversas clases de grano, tales como el arroz de la colina, arroz rojo, frijoles, guisantes, mijo y arroz blanco, estuviera siendo examinando por un hombre con buena vista de esta manera: ‘este es el arroz de la colina, arroz rojo, frijoles, guisantes, mijo y arroz blanco’; de la misma manera, monjes, el monje revisa este mismo cuerpo… lleno de diferentes clases de impurezas de esta manera: ‘He aquí que en este cuerpo hay cabellos, vellos, uñas, dientes, piel, carne, tendones, huesos, médula ósea, riñones, corazón, hígado, membrana, bazo, pulmones, intestinos, mesenterio, comida no digerida, excremento, bilis, flema, pus, sangre, sudor, grasa, lágrimas, linfa, saliva, moco, sinovia y orín.”

Quizá el único consejo que puedo dar sea que mirar un atlas de la anatomía humana antes ayuda…

Por cierto, para los que tengan curiosidad: a Stephen Batchelor no le funcionó. Dejó el monacato tibetano y se hizo monje zen, pero a los años volvió a dejarlo y se casó con su actual esposa, la cual por aquel entonces también era monja zen. Pero que conste que aunque la meditación era la misma o similar, el objetivo que perseguía era diferente.

Continuará…

@ElBudaCurioso

 

Planos de existencia: interpretación pragmática

A aquellos que se hayan educado en el cristianismo no les debe sonar raro: hay cielo e infierno, y tras la muerte, en función de nuestros actos, iremos a uno u otro lado. En el budismo hay algo parecido, los reinos o planos de la existencia.

Y es que según el budismo, hay diversos planos de la existencia en los cuales los seres están condenados a renacer eternamente. Entre estos planos, que son 31 en total si contamos sus subdivisiones, son seis los principales: el plano humano, animal, de los dioses, semidioses, espíritus hambrientos y el de los habitantes de los infiernos.

Cada uno de esos planos o reinos de la existencia ofrece condiciones diferentes de vida, y en función del karma acumulado que se tenga de vidas pasadas, se renacerá en un plano o en otro (ver más en El kamma y el renacimiento, de Bosque Theravada).

Esta visión cosmológica  puede sonar demasiado mística en occidente. ¿Cómo afirmar que existen tales planos? ¿Es posible renacer como animal o como Dios? ¿Existe acaso el renacimiento?

Hay sin embargo una explicación mucho más pragmática o psicológica para tales planos de la existencia budista. Cito a Sogyal Rimpoché, que paradójicamente es un erudito de una de las tradiciones más místicas del budismo, el budismo Tibetano:

Contemplando el mundo que nos rodea, y nuestra propia mente, podemos comprobar que decididamente existen los seis reinos. Existen en la manera en que inconscientemente permitimos que nuestras emociones negativas proyecten y cristalicen reinos enteros a nuestro alrededor y definan el estilo, la forma, el sabor y el contexto de nuestra vida en esos reinos. Y existen también interiormente, bajo la forma de las distintas semillas y tendencias de las diversas emociones negativas que operan en nuestro sistema psicofísico, siempre dispuestas a germinar y crecer según lo que influya en ellas y el modo en que decidamos vivir.

Examinemos cómo algunos de estos reinos se proyectan y cristalizan en el mundo que nos rodea. La principal característica del reino de los dioses, por ejemplo, es la ausencia de sufrimiento; es un reino de belleza inmutable y éxtasis sensual. Imaginémonos a los dioses: surfistas altos y rubios que pasan ociosamente el tiempo en playas y jardines bañados de sol, escuchando el tipo de música que prefieren, embriagados por toda clase de estimulantes, absortos en la meditación, el yoga, el ejercicio físico y toda clase de métodos de autoperfeccionamiento, pero sin esforzar nunca el cerebro, sin afrontar ninguna situación complicada o dolorosa, sin ser nunca conscientes de su verdadera naturaleza, tan anestesiados que nunca perciben cuál es realmente su condición.

Si da la impresión de que el reino de los dioses podría estar situado en algunas partes de California y Australia, quizá el de los semidioses se materializa cada día en las intrigas y rivalidades de Wall Street o en los insidiosos pasillos de Washington y Whitehall. ¿Y el reino de los espíritus hambrientos? Existe allí donde la gente, aunque sea inmensamente rica, no se da nunca por satisfecha, está siempre anhelando hacerse con el control de esta o de aquella empresa, dando expresión a su codicia en litigios ante los tribunales. Conecte cualquier canal de televisión y entrará de inmediato en el mundo de los semidioses y los espíritus hambrientos.

– El Libro Tibetano de la Vida y la Muerte, Sogyal Rimpoché

 

También Piya Tan hace una interpretación similar al respecto:

Una forma útil de interpretar estos reinos, es considerarlos como estados psicológicos que nos oprimen. De este modo, un asura [semidiós] es un ser de tipo demoníaco, violento, que siempre está sopesando a otros con la finalidad de utilizarlos para obtener poder, placer, o satisfacción (lo que nos recuerda a una persona abusiva, desalmada y autoritaria.)

Un animal, psicológicamente, es una persona que conduce un ciclo de vida predecible, que consta de comer, dormir, cazar, buscar pareja, reproducirse y morir. Esta persona es inconsciente de las carnadas y los anzuelos, y por eso es atrapada y engañada con facilidad. Casi nunca piensa, y debido a esto puede ser explotada, maltratada, e incluso consumida con facilidad.

Un ser de los infiernos, psicológicamente, es una persona que vive en una situación prolongada de violencia, matanza, pérdida y dolor. Esta persona nace en una zona de guerra, literalmente en un entorno explosivo, perdiendo miembros y muriendo prematuramente al recibir bombas, disparos, o por asesinato. Los hombres bomba tienden a estar en este reino.

Un espíritu ambriento, psicológicamente, es alguien adicto a algo, pero al igual que todos los adictos, nunca encuentra satisfacción (A menudo es representado en el arte religioso con estómagos enormes, con cuerpos delgados y planos como una hoja, y con bocas del tamaño de la punta de un alfiler.) Las personas adictas al sexo, a la comida, a los placeres, a las bebidas, a los cigarros, o quienes coleccionan cosas irreflexivamente, serían habitantes de este reino. (¡Los que coleccionan e intercambian estampillas o cosas por el estilo, en general no entran en esta categoría!)

– Revisioning Buddhism, Piya Tan, traducción de Jorge Contreras: Espíritus ambrientos

 

@ElBudaCurioso

Mi vida sin mí

Rezas a no sabes qué ni a quién, pero rezas, y no sientes nostalgia de la vida que no tendrás, porque para entonces habrás muerto, y los muertos no sienten nada. Ni siquiera nostalgia.

Si no la has visto ya, no sé a qué esperas. Mi vida sin mi es una excelente película de Isabel Coixet, en la cual una joven madre recibe una inesperada noticia: (no leas a partir de aquí si no te gusta que te cuenten de qué va) un cáncer que en dos o tres meses acabará con ella.

Viviendo sin apenas recursos en una caravana aparcada en la parte trasera de la casa de su madre, con sus dos niñas pequeñas y su marido, el cual ha sido hasta ahora el único hombre en su vida, acepta su muerte sin demasiado drama y en secreto, e intenta realizar en el poco tiempo que le queda una serie sencilla de deseos, como hacer el amor con otro hombre o grabar en cintas de audio mensajes para cada una de sus niñas en sus futuros cumpleaños. Y mientras muere, buscar una sustituta que sea la futura madre de sus hijas y esposa de su marido. Todo en secreto.

En resumen: “lagrimón de los gordos”, que nos obliga a reflexionara queramos o no, con muy buenos actores y un mejor guión. Además de varios premios nacionales e internacionales, tiene una puntuación de 7’6 sobre 10 en filmaffinity (de 51.960 votos).

Diario de práctica: Respiración

Primer post perteneciente al diario de práctica del Satipatthana Sutta.

En el Sattipatthana Sutta se indican cuatro objetos en los que establecer la atención consciente: cuerpo, sensaciones, mente y objetos mentales. He decidido ir entrenando en cada sesión de meditación uno sólo de dichos objetos o entrenamientos, por orden, y a medida que vaya avanzando en cada uno de ellos, ir uniéndolos hasta conseguir realizar a la vez todas las indicaciones que se dan en el Sattipathana Sutta en la misma sesión de meditación.

Respecto al cuerpo, el primer entrenamiento se basa en la respiración, y precisamente esto he practicado en las primeras sesiones.

Usar la respiración como objeto a donde enfocar nuestra atención de manera consciente es una de las técnicas más sencillas de realizar, además de un muy eficaz método de relajación. Ya que es algo universal a lo que podemos recurrir en cualquier lugar y en cualquier momento sin depender de nada externo, en casi todas las tradiciones, sean budistas o no, la respiración representa un papel clave en la meditación.

Primeras sesiones:

Y ¿cómo, monjes, el monje mora contemplando el cuerpo como cuerpo? He aquí, monjes, el monje va al bosque, al pie de un árbol o a una choza vacía y se sienta; habiendo cruzado las piernas, pone su cuerpo erguido y establece su atención consciente enfrente. Siempre conscientemente atento inhala y conscientemente atento exhala. Cuando hace una inhalación larga, entiende: ‘mi inhalación es larga’; o cuando hace una exhalación larga, entiende: ‘mi exhalación es larga’. Cuando hace una inhalación corta, entiende: ‘mi inhalación es corta’; o cuando hace una exhalación corta, entiende: ‘mi exhalación es corta’. Y se entrena así: ‘Voy a inhalar experimentando el cuerpo entero’; y se entrena así: ‘Voy a exhalar experimentando el cuerpo entero’. Y se entrena así: ‘Voy a inhalar calmando las formaciones corporales’; y se entrena así: ‘Voy a exhalar calmando las formaciones corporales’. Al igual que un hábil tornero o su aprendiz, al hacer un gran giro entiende: ‘estoy haciendo un giro grande’; o al hacer un giro pequeño entiende: ‘estoy haciendo un giro pequeño’, de la misma manera, monjes, el monje, cuando hace una inhalación larga, entiende: ‘mi inhalación es larga’… y se entrena así: ‘Voy a exhalar calmando las formaciones corporales’.

1. Lugar y postura

Obviamente no he seguido al pie de la letra lo que el Sutta dice, por lo que ni me he hecho monje ni me he ido al bosque a meditar. Simplemente me he sentado en la habitación más tranquila de mi casa, en el suelo sobre un cojín, con las piernas cruzadas y la espalda recta, y poco más. Aunque una silla normal y corriente también hubiese valido, y lo de cruzar las piernas tampoco es imprescindible.

En el lugar donde trabajo tenemos un pequeño patio bastante tranquilo y agradable donde los trabajadores solemos ir para tomar un poco de aire fresco, fumar y demás. Algunos días, durante la pausa del trabajo, o las pausas, fueren de 5, 10 o 15 minutos, también he realizado dicha práctica. Sentado en una silla, entre pájaros piando y compañeros fumando, he practicado.

2. Mente en blanco

La actividad natural de nuestra mente es pensar, hacer surgir pensamientos y sensaciones, en todo momento y de manera involuntaria o subconsciente. Esto ni se puede parar ni es nuestro objetivo hacerlo, pero sí que podemos no centrarnos en dichos pensamientos, ignorarlos.

La mejor manera de dejar la mente en blanco es precisamente olvidarte de dejarla en blanco, enfocando tu atención hacia cualquier otro objeto, y eso es exactamente lo que vamos a hacer, enfocar nuestra atención hacia la respiración, de manera que nuestra mente estará ocupada con tal menester. Sea lo que sea lo que pase por tu cabeza, ignóralo. No intentes de manera voluntaria pensar o recordar nada, ignora todo pensamiento que surja. Céntrate sólo en tu respiración, tal y como explico más adelante.

De todos modos, tampoco te obsesiones por esto de dejar la mente en blanco. De hecho, mientras más te obsesiones más actividad mental tendrás en la cabeza. Habrá días en los que te sea muy sencillo relajarte y no pensar en nada, y otros en los que tu actividad mental te impida varios segundos de tranquilidad. Mi consejo es que no te fuerces: si no se puede, no se puede. Tómatelo con humor e inténtalo en otro momento.

3. Respiración

Como ya he comentado en otras ocasiones, aunque en teoría esto de enfocar la atención en la respiración es sencillo, a mí me cuesta cierto trabajo, pues se trata de respirar de manera natural, cosa que yo soy incapaz de hacer si me lo propongo. Es decir, en cuanto pienso en la respiración, automáticamente dejo de respirar de manera inconsciente y empiezo a forzarla de manera voluntaria. Consciente de este problema, me lo he tomado con filosofía, por decirlo de algún modo, y he continuado entrenando este aspecto sesión tras sesión. Poco a poco, el problema ha ido desapareciendo, de manera que hoy en día puedo centrarme en mi respiración sin que esta sea forzada.

Sentado, con el cuerpo relajado, cómodo y con la espalda recta, he enfocado toda mi atención hacia la respiración. En los primeros momentos de cada sesión me he limitado a observar el proceso completo de inhalar y exhalar, cómo mi cuerpo actuaba y lo que sentía.

Pero cuidado, no se trata de imaginarte cómo el aire entra a través de tu nariz, cómo fluye hasta tus pulmones o cómo estos trabajan, sino que se trata de sentirlo, de centrarte en lo que sientes. Hay una pequeña gran diferencia entre imaginar y sentir. Cuando imaginamos, damos rienda suelta a nuestra mente, la cual crea de manera rápida una realidad en la cual nos centramos. Pero aquí no se trata de eso, aquí se trata de centrarse en nuestra respiración, sin imaginación, sin pensamientos. Simplemente atender a lo que en nuestro cuerpo ocurre, sin averiguar por qué o cómo. Sentir de manera consciente, con la totalidad de nuestros sentidos, cómo nuestro cuerpo inhala y exhala. Punto.

Tampoco se trata de autonarrarnos cada acción que hacemos tal y como el Sutta puede dar a entender. Mientras inhalamos, no hay que decir mentalmente: “soy consciente de que inhalo”… No. Simplemente sé consciente, pero no te lo narres.

Enfocar la atención al proceso completo de respiración puede ser a veces difícil, pues la frontera entre lo que experimentamos y lo que imaginamos es difícil de definir, y como he dicho no se trata de imaginar. Hay veces que mi imaginación está tan juguetona que he llegado a “ver” como mis pulmones tragaban el aire y lo expulsaban. Cuando esto pasaba, enfocaba mi atención a elementos más sencillos dentro del proceso de respiración, de manera que pudiese controlar un poco más mi imaginación. Por ejemplo, a sentir el aire entrando y saliente por mis fosas nasales. Otra veces, simplemente contaba mentalmente el número de veces que inhalaba y exhalaba.

En fin, da igual cómo lo hagas, simplemente se trata de ser plenamente consciente de que estás ahí sentado inhalando y exhalando aire, sin pensar en otra cosa, sin imaginar nada.

4. Tiempo

Mis sesiones han durado desde apenas 5 minutos (en las pausas del trabajo) hasta casi una hora. En ningún momento me he forzado a sentarme a practicar ni en continuar haciéndolo una vez sentado, sino que lo he hecho cuando y durante el tiempo que me apetecía. Hay días que no he conseguido practicar ni un minuto, y otros en los que he hecho varias sesiones largas. Curiosamente, en mis días libres apenas he practicado, pues aunque disponía del tiempo y tranquilidad necesaria, no lo necesitaba y por tanto no me apetecía. Sin embargo en los días de trabajo,especialmente aquellos días con mucho estrés, “el cuerpo me lo pedía”, por lo que he practicado mucho y de manera muy productiva.

@ElBudaCurioso

Nirvana por infarto cerebral

No hay que tomarse al pie de la letra lo que dice, ya que le sobra un poco (o un mucho) de dramatismo, pero aun así el siguiente video no tiene desperdicio.

Se trata de la neuróloga Jill Bolte Taylor, la cual nos cuenta en primera persona lo que experimentó tras un infarto cerebral. El video está en inglés, aunque se pueden seleccionar subtítulos en cualquier otro idioma.

Pd.: Gracias a Toya por pasarme el video

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