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El Buda Curioso

Blog sobre budismo, meditación, y otros

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Nietzsche y el desapego

Tenemos que darnos a nosotros mismos nuestras pruebas de que estamos destinados a la independencia y al mando; y hacer esto a tiempo. No debernos eludir nuestras pruebas, a pesar de que acaso sean ellas el juego más peligroso que quepa jugar y sean, en última instancia, sólo pruebas que exhibimos ante nosotros mismos como testigos, y ante ningún otro juez. No quedar adheridos a ninguna persona: aunque sea la más amada, – toda persona es una cárcel, y también un rincón. No quedar adheridos a ninguna patria: aunque sea la que más sufra y la más necesitada de ayuda, – menos difícil resulta desvincular nuestro corazón de una patria victoriosa. No quedar adheridos a ninguna compasión: aunque se dirigiese a hombres superiores, en cuyo raro martirio y desamparo un azar ha hecho que fijemos nosotros la mirada. No quedar adheridos a ninguna ciencia: aunque nos atraiga hacia sí con los descubrimientos más preciosos, al parecer reservados precisamente a nosotros. No quedar adheridos a nuestro propio desasimiento, a aquella voluptuosa lejanía y extranjería del pájaro que huye cada vez más lejos hacia la altura, a fin de ver cada vez más cosas por debajo de sí: – peligro del que vuela. No quedar adheridos a nuestras virtudes ni convertirnos, en cuanto totalidad, en víctima de cualquiera de nuestras singularidades, por ejemplo de nuestra «hospitalidad»: ése es el peligro de los peligros para las almas de elevado linaje y ricas, las cuales se tratan a sí mismas con prodigalidad, casi con indiferencia, y llevan tan lejos la virtud de la liberalidad que la convierten en un vicio. Hay que saber reservarse: ésta es la más fuerte prueba de independencia.

– F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal

Como bien dice Nietzsche en las primeras frases, somos los únicos jueces, a la vez que testigos, de nuestras propias acciones. Nosotros tenemos que demostrarnos nuestro propio control sobre nosotros mismos. Leyéndolo se me vienen a la mente estos versos del Dhammapada (una colección de versos atribuidos al Buda):

No deberíamos considerar los fallos de los demás, ni lo que los otros han hecho o dejado de hacer, sino nuestros propios actos cometidos u omitidos.

Uno mismo es su propio refugio. ¡Qué otro refugio podría haber! Habiéndose controlado a uno mismo, se obtiene un refugio difícil de conseguir.

– Dhammapada, versos 50 y 166, respectivamente.

Prosigue de cómo no hay que quedar adheridos a nada. Bien es vedad que Nietzsche no pretendía con este desapego cosa tan vulgar como la felicidad, sino la pura libertad y la independencia del ser. Aunque no inmediato, su objetivo último era la felicidad, por lo que de nuevo no puedo evitar recordar estos otros versos:

El santo se desapega de todo y no se implica en la avidez sensual. Cuando le alcanza la felicidad o el sufrimiento, con sabiduría no se deja afectar ni por la euforia ni por el abatimiento.

Evita la identificación con lo querido, porque la separación de ello representa dolor; las ataduras no existen para aquel que no hace diferencias entre querido y no querido.

– Dhammapada, versos 83 y 211, respectivamente.

 

Las últimas frases me recuerdan por su parte este otro verso, que bien valdrían, además, para resumir el pasaje entero:

Esta mente voluble e inestable, tan difícil de gobernar, la endereza el sabio como el arquero endereza la flecha.

– Dhammapada, verso 33

 

En Bosque Theravada puedes encontrar esta traducción en español del Dhammapada.

@ElBudaCurioso

Castillos de arena

Unos cuantos niños jugaban en la orilla del río. Construían castillos de arena, y cada uno defendía el suyo:
¡Este es el mío! -decía cada uno.
Vigilaban que nadie pisase ni destrozase su castillo y no toleraban ninguna duda acerca de la propiedad de cada. Cuando los castillos estuvieron terminados, un niño pisó el castillo de otro, destrozándolo, por lo que su dueño montó en cólera, tiró al atacante de los pelos, lo golpeó con los puños y gritó:
¡Ha destrozado mis castillo! ¡ Venid todos, vamos a darle su castigo!
Dicho esto, los demás acudieron rápido y golpearon al atacante con palos hasta que este cayó al suelo, donde siguieron dándole patadas por un rato. Luego siguieron jugando cada uno con su castillo, continuando cada cual con la feroz defensa de su propiedad:
¡Este es mío y de nadie más! -decían unos.
¡Fuera de aquí! ¡ No te acerques! -gritaban otros.
¡No se te ocurra tocarlo! -amenazaban otros.
Pero las horas pasaron y se hizo de noche, por lo que todos pensaron que era ya tiempo de volver a casa. Nadie se preocupó más por su castillo: uno caminó por encima del suyo, el otro lo destrozó con las manos, etc.. Cada uno, sin más, se fué a casa, olvidandose por completo de su castillo.
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La compasión vista desde un enfoque avanzado

En el anterior post sobre la compasión, quizá pude cometer el error de quedarme en la superficie y no ahondar sobre el verdadero motivo que, según entiendo, explica la compasión de una manera definitiva: el desapego. Seguir leyendo “La compasión vista desde un enfoque avanzado”

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